Dieta saludable y… ¿sostenible?

La pregunta recae en cada uno de nosotros. Es evidente que la sociedad se preocupa por una alimentación saludable. Pero, ¿lo saludable es también sostenible? Esta cuestión pone el foco en la importancia de la alimentación como argumento también en la lucha contra el cambio climático.

Los cambios producidos en la alimentación del consumidor medio a lo largo de las últimas décadas nos ofrecen una radiografía de los avances en el seno de nuestra sociedad. Hasta hoy, una forma muy nítida de comprobar el nivel de vida de una población radicaba en la calidad de su alimentación. Los estudios demuestran que una dieta saludable proporciona un envejecimiento mejor, como lo afirma el Centro Internacional sobre el Envejecimiento (CENIE). Digamos que la dieta saludable es la dieta de la longevidad.

La duda llega cuando nos preguntamos si la dieta saludable es también sostenible. La población mundial consume 76 gramos de proteína diaria por persona, 202 millones de toneladas al año. Y la tendencia es creciente y en todas partes del mundo.

Hoy en día existe una preocupación latente sobre las consecuencias que el consumo de determinados alimentos puede tener para el medio ambiente, poniendo el foco en los procesos productivos necesarios para la obtención de esos productos, y cómo estos contribuyen de forma indirecta al cambio climático que según los expertos de la ONU tendrá consecuencias irreversible hacia 2030.

Alimentos poco sostenibles

Uno de los productos más conflictivos en este ámbito de análisis es el aguacate. El producto millennial por excelencia, muy valorado por su aporte de numerosos beneficios para la salud, es tachado de enemigo número uno del medio ambiente debido a su alta demanda, que ha contribuido a la puesta en marcha de prácticas insostenibles desde el punto de vista ecológico, como la deforestación de grandes zonas de bosque para dedicarlas a su cultivo. Según datos del gubernamental Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) de México, cada año se pierden entre 600 y 1.000 hectáreas de bosque por este motivo; lo que unido a la alta huella de carbono del aguacate por ser un producto de importación, lo convierte en uno de los productos menos sostenibles del mercado.

Otros productos poco sostenibles son los productos de origen animal como la carne o la mantequilla. La explicación se debe a dos factores principales; por un lado, la necesidad de dedicar extensas hectáreas de terreno a la alimentación de los animales; y por otro lado, toda la producción de carne implica grandes emisiones de gases efecto invernadero, por lo que a mayor demanda de productos cárnicos, mayor será el porcentaje de gases expulsados a la atmósfera. En este caso se calcula que el sector ganadero produce un 15% del total de las emisiones globales de Gases de Efecto Invernadero.

Una dieta sostenible y el cambio climático

Una dieta variada, recomendada por médicos y especialistas como la OMS, aconseja consumir 0,8 gramos de proteína por kilogramo al día, así una persona que pese 76 kilos debería consumir como cantidad recomendada 56 gramos. Como hemos comentado, la media mundial es mayor y en determinados países occidentales estas cifras llegan a triplicarse, aumentando los riesgos de enfermedades cardiovasculares y de obesidad entre la población.

El consumo de carne ha ido en aumento en las últimas décadas, producto del aumento de la población y de los cambios en el estilo de vida. Según las últimas cifras estadísticas al respecto, hoy consumimos cinco veces más carne que hace cincuenta años, lo que en cifras se traduce en haber pasado de 70 millones de toneladas de carne consumidas en 1960 a 330 millones en 2017. Una situación que de continuar por esta senda, nos aboca a un sistema insostenible de producción.

Nuestras elecciones como consumidores sostenibles

Numerosas organizaciones y ONG´S abogan por una campaña de reducción del consumo de alimentos de origen animal, para reducir las escalofriantes cifras de contaminación ecológica que esta actividad genera. Iniciativas como los lunes sin carne y el veganuary (mantener una dieta vegana durante todo el mes de enero) han contribuido a la concienciación de una sociedad que busca generar el menor impacto ecológico posible, también con su alimentación. La apuesta por otros tipos de carne carentes de los inconvenientes de la producción tradicional como es la carne vegetal o la carne cultivada hacen más fácil para los consumidores la conciliación de nuestros valores eco con la inmediatez de nuestra vida privada.

Con pequeñas medidas como éstas, podemos conseguir mucho a nivel ecológico. Alternando en un 50% el consumo de carne y lácteos por derivados como la carne cultivada, se podrían reducir las emisiones agrícolas a 4 Gt CO2eq al año según los últimos datos estadísticos de Greenpeace. Una disminución del consumo que, de hacerse semanalmente, no supone un gran cambio en nuestro estilo de vida. Como consumidores sostenibles que somos, en nuestras manos se halla dar una solución al problema medioambiental.

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